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sábado, 9 de mayo de 2015
De espaldas
A mis espaldas esa identidad que corresponde a lo que el inconsciente aclama. Soy ese de espalda ancha y cabello corto que camina con dos identidades. Que es uno y a veces otra. Que se pierde en las dudas y desacuerdos. Ese que entre contradicciones reivindica algo que le ha sido negado. Soy ese sol que a mis espaldas oscurece el camino y la sombra que a veces no me sigue.
jueves, 16 de abril de 2015
La bisagra
Etérea mujer, no perteneces a la tierra de indolentes y falsos virtuosos. Naciste para ser llevada a la luna en un suspiro afrodisíaco. Para ir y volver exhausta, deseando ser eterna en ese vaivén de cuerpos celestes. Naciste para venir y correr estrellas con una sola mirada de aquel demonio que te ronda. Demonio que con silencios elocuentes penetra el recuerdo de tu inocencia.
Etérea mujer, quizá yo soy ese demonio. ¿Me sientes? yo te siento, mientras gravito a tu alrededor como aquella sustancia que supera las fuerzas de un cuerpo rígido. Podría ser ese tronco rígido que sucumbe ante ti, o quizá podrías tú ceder. Quizá podrías abandonarte y perderte; perdernos. Perdernos en el va y ven de las olas. Volar y callar, gemir y abrazar las temperaturas del cuarto estado de la materia, para después conducirme por tu cuerpo sin equilibrio electromagnético. Despojando certezas abandonados al vicio y segregando dudas con movimientos libres. Fluctuando como un par de electrones que comparten un momento angular intrínseco. Siendo dos en la frontera de un mismo ser.
martes, 21 de octubre de 2014
De oruga a mariposa.
El primer recuerdo que tengo va de la mano del más significativo. No hay duda. Cuando tenía como cuatro años, me compraron lo que fue mi primera camisa de cuello. Era blanca y lisa. Me quedaba un poco grande, pero no tanto como hubiese querido. Solo sé que tengo en mi cabeza la noción de haber querido tener el cabello corto. Lo amarré de cierta forma que no se notaba que lo tenía del largo de una serpiente promedio.
Todas morían por tener un cabello como el mío, pero yo alucinaba con llevarlo como “un niño”. Y es que a veces odiaba tanto mi cabello que deseaba tenerlo como un bombril para poder hacer de él lo que en ese momento se me antojaba. Todas acariciaban aquella cosa de ensueño, y yo solo deseaba con todas mis fuerzas una especie de honguito que ahora, por fin, llevo.
Quizá de las cosas más difíciles que he tenido que soportar tienen que ver con todo eso que todos quieren que sea y no soy. No soy ni jamás seré la cuadriculada chica que mi papá deseaba hacer de mí. Soy un ser que un día, se sabe diferente y se atreve a serlo.
Así que en la mañana gris de un miércoles cualquiera, decidí cortar mi frondosa cabellera que, al igual que cuando era niña, llegaba a las raíces de ese árbol casi muerto que llevo en mí desde hace casi un año.
Debo confesar que fue una experiencia casi erótica. A tal punto que, aquellas manos ásperas que sostenían la tijera como con dolor, me hicieron sentir una corriente eléctrica que recorría todo mi cuerpo, mis vellos se erizaron. Me sentía poderosa y a la vez tan frágil. Mis ojos expedían fuego, y mis manos apretaban los muslos, a falta de alguien que me ayudara a afrontar que jamás volvería a ser quien había sido, pero que jamás quise ser.
Así, en el espejo vi fue ese árbol que llevo tatuado en mi espalda. Yo era ese árbol y la peluquera, aquella pobre mujer que sufría con cada hebra que caía al piso, era el tiempo. El tiempo que corría veloz, y hacía que de ese árbol seco nacieran las hojas de la primavera. Así fue, en ese día, casi banal, casi único, nació el ser que se sabe diferente y le encanta serlo. Nació lo que soy y no sabía que era.
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